Nunca me sentí cómoda aquí
By Fransheska | From : Venezuela | School : Coral Glades High SchoolMi nombre es Fransheska, justo ahora estoy en mi último año de high school. Soy de Venezuela, tengo 18 años y una historia sobre cómo llegué a este país larga e interesante. Llegué a este país por primera vez en junio de 2017, cuando tenía 9 años. Llegué como la mayoría de los inmigrantes: de visita a Disney, un par de semanas para compartir con mi familia que tenía años sin ver, y al final me quedé seis meses antes de irme. Nunca me sentí cómoda aquí, y mucho menos al momento de entrar al colegio: Westchester Elementary. Duré tres meses en ese colegio, sintiéndome retraída, incómoda, incomprendida. Era la única que hablaba 100% español, y la única niña que hablaba un poco español era la típica creída que se burlaba de las otras niñas.
Siempre que llegaba del colegio, llegaba a ver una serie y acostarme a esperar que llegaran mis padres y mi hermana. Era difícil, ya que siempre estuve muy acostumbrada a estar rodeada de mi familia todo el día, y ahora era muy difícil porque tenían que trabajar muy duro para poder tener una posición económica estable. En el colegio intentaba aprender e integrarme más; usaba la computadora como traductor, era mi mejor amiga para comunicarme con todos en el colegio: profesores, “amigos” (si así se podían llamar). Me hice cercana a dos niñas; recuerdo que una se llamaba Candy, si no me equivoco, y la otra se llamaba Kaylin o algo por el estilo. Ellas fueron un poco mi refugio entre todo el caos de no sentirme parte de nada en este país tan grande, pero tan vacío emocional y culturalmente.
Por este tiempo, recibí una de las noticias más desgarradoras que una niña de nueve años, que veía a su papá como su héroe y el mejor papá del mundo, podía recibir: mi papá había sido herido de bala durante un robo en un kiosco en Venezuela. El mundo se me vino abajo apenas vi a mi abuela llorar sin control al agarrar el teléfono; ella disociaba de la nada, estaba llorando y, de la nada, se recomponía y preguntaba: “qué pasó?, por qué estoy llorando?”. Eso pasó aproximadamente dos veces; al yo enterarme de lo que había pasado, el mundo se me vino abajo.
Entre todo esto, Candy siempre intentaba entenderme, fuera en inglés o español. Recuerdo vividamente un día que estábamos en ciencia y la niña que hablaba español me preguntó si tal vez sabía la respuesta a una pregunta sobre el cuerpo humano. Puede ser raro, pero lo asocié directamente con el incidente que pasó con mi papá, y le dije la respuesta a la pregunta que me había hecho, ya que el incidente de mi papá había sido en múltiples órganos que memoricé gracias a mi abuela, que fue la única que decidió que yo me merecía una explicación y entender qué había pasado. Mi papá estaba al borde de la muerte, en cuidados intensivos en un hospital, y nadie me quería contar ni decir nada.
En diciembre de 2017 decidimos devolvernos a Venezuela. En todo este tiempo yo no sabía nada de mi papá, solo que ya estaba mejor y le habían dado de alta del hospital, gracias a Dios, pero no había comunicación, ni un mensaje, nada. Mi padrastro, mi mamá y yo nos fuimos; mi hermana decidió quedarse, ya que tenía 18 años en ese momento y su sueño era estudiar en el país, y mi mamá confiaba ciegamente en mi familia paterna, quien la acogió y recibió como su propia familia, como siempre había sido.
Llegamos a Venezuela el 12 de diciembre de 2018, y desde ahí empezó una de las peores pero mejores etapas de mi vida.
Cuando llegamos a Venezuela, la situación no era la mejor; la corrupción y las injusticias solo incrementaban, haciendo que la vida fuera cada vez más difícil y la economía cada vez peor. Mis papás no sabían si deberíamos irnos a Colombia, Perú o Chile. Entre esa indecisión, cuando volví a ver a mi papá, me enteré de que, después de todo el caos de su incidente, había sido secuestrado; por eso no hablaba con nadie y nadie me decía nada. Gracias a Dios, él estaba bien y a salvo, pero no era el mismo. Notaba a mi papá más apagado, diferente, tal vez por el hecho de que pasaron seis meses y tal vez yo también cambié y no lo veía con ojos de niña pequeña, o tal vez él había cambiado por tantas cosas por las que pasó en esos seis meses.
Mi papá y yo siempre fuimos muy unidos, y verlo así se me hacía raro, incómodo. No me gustaba sentirme distante de la única persona que me consentía más de lo normal y sentía que me entendía más que nadie en mi familia. Esa Navidad fue mágica; fui muy feliz de poder estar con mi familia de nuevo, con mi tía, que era como mi segunda madre, y mis primos, aunque triste porque por otro lado de esa familia con quien siempre fui cercana y se alejaron por un montón de kilómetros, de nuevo estaba lejos, incluyendo a mi hermana, de la cual jamás me había separado.